Écfrasis que no lo es tanto

Primero el contexto: lo que están a punto de leer es un texto que forma parte de un taller que estoy tomando. Al final no se me dio muy estrictamente hablando escribir un ejemplo de écfrasis, pero salió otra cosa que estoy tratando como a un gatito que se aparece en la puerta de tu casa (es decir, con mucho cariño), porque en realidad hablo de mi encuentro con la magia. Quiero decir que estas palabras se las dedico a Mini Fer y a Eréndira De Rincón, de quienes he aprendido mucho estos meses.

La pregunta con la que cierro el texto me la hice en una sesión maravillosa que compartí con Miranda, a la que admiro por muchas razones y a la que me fascina leer.

Para hacerlo, tomé como referencia esta pintura de Remedios Varo, llamada “Nacer de nuevo”.

Algo en mi está dormido…

Solía caminar por la vida sin importarme el comportamiento de las hojas, que a veces son verdes y tiernas; otras descansan, resecas y crujientes en la tierra. Recuerdo disfrutar la temporada de maculis en floración rosa durante los febreros de Yucatán, o las Jacarandas lavandas cuando vivía en la Ciudad de México, aunque desconocía la relación que tenían ambas transformaciones. Esos ratos me servían para olvidar la ciudad infinita. La última vez que la visité, regresé inmediatamente al mar; esa sería la última vez, hasta el día de hoy, que me sumergiría en agua salada y sentiría el vapor de la arena.

Por momentos el encierro se parece a una incertidumbre que se acomoda a mi lado y me impide dormir. Las fotos que he tomado me sirven para medir el tiempo que ha transcurrido: primero estuve en silencio, luego me dediqué a observar el jardín y más adelante comencé a reconocerme detrás del cabello enmarañado. Entonces miro más atrás y la foto de una carta que saqué del mazo de una amiga me hace entender que todo empezó aquel día.

También el encierro se asemeja a un caldero en el que me recuesto para estar conmigo misma. A un caldero que se convierte en una balsa y me ayuda a navegar por un túnel rojo; aquí no tengo ansiedad ni insomnio, descanso pero también voy trenzando mis recuerdos, hasta que encuentro la unidad en todo. Las paredes de esta cueva tienen los nombres de mi madre, mis abuelas y bisabuelas; sus canciones hasta ahora desconocidas, los tejidos que se urdieron entre sus dedos. También están, como pinturas conservadas por siglos en sus paredes, mis dolores y los presagios del futuro.

La cueva roja es un gran latido que me nutre con su ritmo. He llegado a la salida, que en realidad es una entrada. Donde es arriba también puede ser abajo y lo que yo pensaba como luz se transforma en oscuridad; no tengo miedo a esos cambios. Me abro paso entre el marco almendrado y la pared es firme, pero cede a mi cuerpo como una hoja de papel. Cruzo hacia el otro lado sin el peso de la ropa, ni lo que fue o lo que vendrá; en esta sala igualmente roja, las plantas han encontrado su hogar entre las grietas de las paredes. Sobre mi cabeza, en el techo, me acaricia la luna en cuarto menguante y frente a mi, en un cuenco de plata, ella misma se refleja; me sorprende su luz, quiero mirarme en ella y beberla. Sé que ahora algo recién ha terminado y está por empezar.

La noche nació y da sus primeros pasos al exterior, en el bosque oscuro donde la esperan.

¿Qué significa volar?

Leo más de lo que escribo, aunque veces supero el miedo a la página en blanco. Feminista de por vida. No me gustan las llamadas telefónicas.

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